Por un nacionalismo español maduro

Según la RAE, el nacionalismo es: “1. m. Sentimiento fervoroso de pertenencia a una nación y de identificación con su realidad y con su historia. 2. m. Ideología de un pueblo que, afirmando su naturaleza de nación, aspira a constituirse como Estado.” En otras palabras, en castellano, es imposible un nacionalismo español razonable. Ya sea porque España ya es un estado, y no puede aplicarse la segunda acepción, o porque el nacionalismo es un “sentimiento fervoroso”, es decir, una emoción, no una razón, según la primera acepción.

Y, efectivamente, es muy difícil escuchar a alguien que se defina como “nacionalista español”, o que se haga referencia al “nacionalismo español”, más allá de, a lo sumo, una identificación con el franquismo. La inexistencia de esta combinación de palabras, y lo que ello implica a nivel, primero, político, para también sociológico y cultural, es una de las características idiosincráticas del universo conceptual español: no es posible pensar, identificar, nombrar, el nacionalismo español, porque “oficialmente”, de acuerdo con el diccionario, es (casi) un oxímoron. Su negación o ignorancia es un punto de encuentro de derechas e izquierdas, prácticamente un consenso de la sociedad española.

En este marco, no sorprenden algunas oposiciones recurrentes en la esfera pública, entre nacionalismos (periféricos) y la Nación, en mayúsculas. A la inmensa mayoría de los españoles expresiones como “el debate sobre el estado de la Nación”, o las palabras con las que cierra sus sentencias el Tribunal Constitucional (“por la autoridad que le confiere la Constitución de la Nación española”), no despiertan ningún tipo de suspicacia, son “normales”. (Pero hay una minoría de ciudadanos, territorialmente localizados, a los que les chirrían estrepitosamente.)

Hay patriotas españoles, no nacionalistas. El patriotismo se vincula a la Constitución, al gobierno de la Nación, y el nacionalismo con lo étnico, tribal, provinciano. El patriotismo suena a civilización; el nacionalismo, especialmente en la prensa madrileña de los últimos años, fácilmente conecta con el “nazismo”.

La incapacidad de poder dar contenido al término “nacionalismo español”, y apreciar así su existencia social y política, va de la mano de otro a priori conceptual que funciona como un buen indicador territorial. En la mayoría del territorio español la gente es incapaz de distinguir entre nación y estado. Esta diferencia, no obstante, resulta obvia y familiar para la mayoría de los que viven en Euskadi y Cataluña (quizás también en otros lugares que no tengo el gusto de conocer tan bien). Se me aparece, pues, como un proxy secundario de una diferencia muy real entre dos cosmovisiones, dos culturas políticas, o habría que decir prepolíticas, que conviven en el estado, previas a cualquier posicionamiento ideológico. En términos kantianos, podríamos decir que se trata de dos mundos con “categorías a priori del entendimiento” distintas, con las que los ciudadanos y sus representantes miran al mundo y se ven a sí mismos.

Las palabras marcan, o muestran un campo de posibilidades. En el marco español, es en este campo de posibilidades que se plantea la reivindicación de la plurinacionalidad, o incluso, el federalismo, que en España tiene poco sentido si no va unido a ese reconocimiento. Sin esa “realidad conceptual” que niega a la vez el nacionalismo español y la plurinacionalidad, hay cosas que se explican “muy malamente” que diría aquel, en su doble sentido: sociológico (cosmovisión) e interesado, estratégico (mala-mente). Siempre ha sido una pieza clave de la estrategia política de algunas élites presentar la “lucha contra los nacionalistas” como una aspiración de modernidad y civilización.

La pregunta clave es: ¿es posible ser ciudadano español de nacionalidad catalana (o vasca, o gallega)? Cuando he hecho esta pregunta por España ha observado como, a menudo, costaba de entender: “Si eres español eres de nacionalidad española, ¿no?”. Pues no necesariamente. O, al menos, durante décadas eso es lo que pensábamos algunos millones de españoles: que se podía ser ciudadano español de pleno derecho sin considerarse de nacionalidad española. Una cosa es el estado. Otra la nación. No obstante, la visión de ese estado plurinacional que lo permitía ha ido menguando al mismo tiempo que desaparecía, Tribunal Constitucional mediante, la distinción entre regiones y “nacionalidades”.

Se dice que el proceso soberanista catalán ha despertado al nacionalismo español/franquismo. ¿No será al revés? ¿No será que una concepción unitarista ha llevado al independentismo? ¿A no querer formar parte de un estado incapaz de reconocer su plurinacionalidad? ¿Que, en términos de Hirschman, tras el fracaso de la voz busca la salida? En todo caso, sí ha despertado el nacionalismo excluyente anticatalán, catalanófobo (“¡A por ellos!”), por cierto, siempre latente, en la historia de España.

Pero el nacionalismo español no tiene porque ser anticatalán, ni ir en contra de nadie. El nacionalismo puede ser perfectamente una identificación colectiva que plantea una solidaridad prioritaria pero no va en contra de nadie, es fraterna e igualitaria en el reconocimiento de otras identidades y solidaridades. Ni tiene porque ser étnico, ni vinculado a la violencia que siempre es una expresión de miedo, de debilidad y de complejo de inferioridad.

Y sí es nacionalismo (español) exaltar a una cantante que acaba de inventarse una nueva letra para el himno de España, hacer campañas internacionales con la Ñ, y vibrar con la selección de fútbol en el mundial, y no tiene nada de malo, en sí mismo, si esa afirmación identitaria colectiva no implica la negación de otras. Esperemos que haya un nacionalismo español que pueda tolerar la idea de la autodeterminación de todas las naciones que forman parte de España o, incluso, un estado independiente catalán. ¿Es este nacionalismo posible o es, definitivamente, un oxímoron?

[Aparecido en: http://ctxt.es/es/20180404/Firmas/18851/nacionalismo-independentismo-catalu%C3%B1a-estado.htm]

[Imagen: Boca del Logo]

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